Callo por dentro para escuchar mejor.


El ángel ya no está, pero su palabra permanece como una brasa encendida en mi memoria. Alégrate, me dijo. Y yo me alegro, aunque el cuerpo pese y el futuro no esté escrito con letras claras, sino con promesas.

Siento en mi seno una vida que no me pertenece del todo y, sin embargo, me ha sido confiada. No comprendo el cómo, pero reconozco el para qué: Dios ha mirado la pequeñez de su sierva. No me pidió grandezas, sino disponibilidad. No me dio explicaciones, sino una palabra en la que apoyarme cuando todo lo demás tiemble.

A veces pienso en Isabel y en su saludo que desató el cántico que llevaba guardado sin saberlo. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí. No porque yo sea fuerte, sino porque Él lo es. Dentro de mí crece el que un día dirá: Bienaventurados los pobres, y yo aprendo ya esa pobreza: dejar espacio, hacer sitio, no retener.

Guardo cosas en el corazón, como quien guarda semillas sin saber aún el paisaje que dibujarán. Sé que este hijo será signo de contradicción, y una sombra atraviesa mi alegría, pero no me paraliza. La promesa es más honda que el temor. Dios no engaña. Dios cumple.

Ahora descanso las manos sobre el misterio. No lo poseo; lo custodio. Y mientras camino entre la gente que no sabe, repito en silencio lo único que sé decir con verdad plena:

Hágase en mí según tu palabra.

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