Celebramos el dos mil veinticinco aniversario del nacimiento de Jesucristo, Hijo de Dios. Ha sido un año marcado por la virtud teologal de la esperanza, vivido bajo el lema Peregrinos de esperanza, que nos ha recordado nuestra convicción profunda de caminar juntos, de ser hombres y mujeres siempre en camino, y de reconocernos como una Iglesia peregrina.
Así lo hemos expresado en las celebraciones realizadas a lo largo de este año jubilar, desde nuestras parroquias hasta los grandes acontecimientos diocesanos. En efecto, como recordaba el papa Francisco al convocar este Jubileo, la vida cristiana es un camino que necesita ser constantemente alimentado, iluminado y fortalecido, para custodiar y robustecer la esperanza.
Dios mío, hay algo que verdaderamente nos asombra: que los pequeños, los sencillos, sigan creyendo que mañana puede ser mejor. Esa confianza humilde es, sin duda, la mayor alegría de la gracia. Y lo que más nos maravilla es que Dios mismo es esperanza: esa pequeña esperanza que parece no ser nada, esa “niña esperanza” frágil y casi invisible, pero que —como diría el poeta— es la que atraviesa los mundos, llevando consigo a la fe y a la caridad. Como una llama temblorosa, la esperanza es la que guía a las virtudes y a la humanidad entera, incluso en medio de la noche. Por eso confiamos en Dios.
Reavivar la esperanza, volver a animarla y fortalecerla por la fuerza del Espíritu Santo, es hoy una tarea urgente. Sin esperanza, la vida pierde sentido. Necesitamos pequeñas esperanzas que nos sostengan cada día, pero entre todas ellas hay una esperanza fundamental. Como recordaba Benedicto XVI en Spe salvi, a lo largo de la vida el ser humano alberga muchas esperanzas, grandes y pequeñas, propias de cada etapa. Sin embargo, cuando se cumplen, descubrimos que no lo eran todo. El corazón humano necesita una esperanza que vaya más allá, algo absoluto, siempre mayor de lo que por sí mismo puede alcanzar. Y esa esperanza no podemos alcanzarla solos: solo es posible caminando juntos, como comunidad de fe, esperanza y caridad.
Esto lo hemos experimentado intensamente en nuestra Iglesia diocesana durante este año. Ha sido un tiempo vivido con hondura espiritual, con valentía y con discernimiento. Hemos reconocido que Dios actúa en la historia, se hace presente en las personas y en los acontecimientos, y nos invita a leer la realidad desde la fe, a la luz del Evangelio y de la tradición viva de la Iglesia, sintiéndonos parte de la gran familia de los creyentes.
Creemos en un Dios que se hace cercano, que entra en nuestra vida concreta y se deja encontrar en el seno de una familia: la Sagrada Familia de Nazaret. Una familia abierta a la voluntad de Dios, pero que conoce también las dificultades reales de toda familia humana. El Evangelio nos narra el drama de tener que huir de la propia tierra, escapando de la violencia y de la muerte, buscando un lugar seguro para un hijo recién nacido.
Ese drama sigue siendo hoy el de muchas familias, también en nuestras islas. No solo el de la emigración, sino el de llegar a fin de mes, el de garantizar la educación de los hijos, el de la falta de empleo. Y qué decir de la violencia en el seno de las familias, llamadas a ser espacios de vida y de amor, y que a veces se convierten en lugares de sufrimiento, especialmente para los más débiles y vulnerables. O el drama del abandono de los mayores, o el de los niños a quienes se les niega el derecho a la vida, incluso antes de nacer. Vidas frágiles que no encuentran respeto ni defensa, como aquellos niños que Herodes mandó matar, los santos inocentes que hoy, 28 de diciembre, recordamos.
Como Iglesia, al término de este Jubileo, queremos transmitir un mensaje claro de esperanza a las familias, especialmente a las que viven en dificultad: no están solas, estamos con ellas. Queremos anunciar, también después de la pandemia, la Buena Noticia de la familia cristiana, en la que se vivan las virtudes de la Sagrada Familia y aquellas que san Pablo recordaba a la comunidad de Colosas, aplicables tanto a la vida de la comunidad cristiana como a la familia, Iglesia doméstica: la compasión entrañable, la bondad, la humildad, la mansedumbre y la paciencia; sobrellevarnos mutuamente, conservando el vínculo del amor; dejar que la paz de Cristo gobierne nuestros corazones y que su palabra habite en nosotros con toda su riqueza.
Cuidar las relaciones interpersonales en el hogar y en la familia fortalece también la vida social y hace posible una presencia misionera en el mundo. Así redescubrimos que el amor vivido en la familia es vocación de santidad, como nos recuerda la Jornada de la Sagrada Familia de este año. Este es, sin duda, uno de los grandes frutos del Jubileo que hoy clausuramos.
El papa Francisco nos pedía que el testimonio creyente fuera en el mundo levadura de esperanza, y nos exhortaba: “Dejémonos atraer por la esperanza y permitamos que, a través de nosotros, sea contagiosa”. Que nuestra vida pueda decir, con el salmista: «Espera en el Señor, sé fuerte, ten valor, espera en el Señor».
El Jubileo termina, pero no la esperanza que hemos celebrado y recibido. Permaneceremos siempre peregrinos de esperanza, porque sin esperanza estamos muertos y con la esperanza renacemos. La esperanza que viene del Padre es generativa: no destruye, no domina, no violenta; crea, sostiene y transforma. No es una fuerza agresiva y estéril, sino una fuerza fecunda que da vida y engendra fe.
Este es el mensaje que hoy clausuramos en nuestra diócesis, y no es una ilusión pasajera, sino una realidad firme. Mirar el mundo con esperanza implica atrevernos a vivir con entusiasmo, para compartirlo y contagiarlo. Qué hermoso que, como fruto de este Jubileo, nuestras vidas de creyentes estén llenas del entusiasmo de Jesucristo y que, con la fuerza del Espíritu, sepamos comunicarlo a los demás.
Que la Sagrada Familia de Nazaret, prototipo de Iglesia doméstica y verdadero modelo de vida, acompañe y sostenga a todas las familias y nos conduzca siempre a Jesucristo, nuestro Señor.
Familias, demos gracias a Dios.

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