¿Has preparado la cuna interior?


A la mitad del camino de este Adviento, la cuna ya está preparada. No está completa, porque espera algo que no puede fabricarse: la llegada del Amor. La sencillez de la paja, el silencio del pesebre y la luz discreta de los cirios nos recuerdan que Dios no irrumpe con estruendo, sino que se deja acoger allí donde encuentra un hueco disponible.

Preparar la cuna exterior es un gesto hermoso; preparar la cuna interior es la tarea profunda de este tiempo. Cada pequeño acto de reconciliación, cada renuncia al ruido, cada atención delicada hacia quien lo necesita, va poniendo una brizna de paz en ese pesebre secreto del corazón.

Cristo viene, pero no forzará la entrada. Su deseo es nacer en nosotros, en nuestra vida concreta, con nuestras pobrezas y esperanzas. Él no exige grandezas, solo un lugar humilde donde descansar.

Pidamos, entonces, la gracia de despejar el alma, de retirar lo que estorba, de abrir espacio a la ternura de Dios. Que, al llegar la Navidad, no solo encontremos la cuna preparada… sino también el corazón disponible para que Él nazca de nuevo en nosotros.

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