La Palabra de Dios hoy nos invita a vivirla con radicalidad. Jesús sigue enseñando a sus discípulos desde lo alto de la montaña. Después de haber proclamado las bienaventuranzas, después de haberlos invitado a ser sal de la tierra y luz del mundo, continúa su enseñanza y nos dice para qué ha venido. Él no viene a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento. Así comenzaba el texto de hoy: «No he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento».
La Ley y los Profetas son esos primeros libros de la Sagrada Escritura, y también los profetas que anunciaron la voluntad de Dios. Jesús es consciente de que, viniendo Él, el Hijo de Dios, al mundo, viene a mostrarnos la plenitud de lo que Dios quiere para cada uno de nosotros. Y esa plenitud no se alcanza quedándonos en lo superficial, sino que nos invita a ir más a fondo, a vivir con mayor radicalidad.
La palabra “radical” muchas veces nos suena mal, pero en realidad proviene de “raíz”: volver a la raíz. ¿Cuál es la raíz de nuestra fe? Jesucristo el Señor. ¿Cuál es el centro de nuestra fe? Jesucristo, que por nosotros se entrega y muere en la cruz. Él nos invita no solo a no matar, sino también a cuidar la relación con el hermano, evitando toda disputa, todo pleito, toda ruptura. Nos llama a vivir en la fidelidad de la palabra: que nuestro “sí” sea sí y nuestro “no” sea no. No podemos jugar con la palabra; debemos hablar con convicción, especialmente en lo que se refiere a la fe.
Eso es también lo que hoy recordamos en esta mujer, Sor María de Jesús. Una mujer de familia pobre y humilde, nacida en El Sauzal, que encontró la felicidad en el amor de Jesucristo, en su consagración, en la vida de este convento dominico de las Madres Dominicas, en este convento llamado de las Catalinas. Entre estas paredes encontró el amor de su vida. Descubrió la plenitud a la que la invitaba Jesucristo: una plenitud encontrada en la oración, en la contemplación, en el servicio a los demás, en el carisma dominicano.
Hoy contemplamos a esta mujer, fallecida hace dos siglos, y vemos cómo la Palabra de Dios es cercana, cómo no es ajena a nuestra existencia. El Señor no nos pide imposibles; nos pide que tomemos una decisión ante Él.
Escuchábamos también en la lectura del libro del Eclesiástico cómo el autor dice al pueblo: «Dios pone ante ti la vida y la muerte, el fuego y el agua; tú eliges». La vida cristiana es una vida de decisión. Se empieza a ser cristiano cuando uno se encuentra con Cristo y elige por Él. Entonces cambia nuestra existencia y encontramos la alegría de vivir según la voluntad de Dios.
Lo decíamos en el salmo responsorial: «Dichoso el que camina en la voluntad del Señor». Dichoso aquel que busca siempre la voluntad de Dios y la cumple en su vida. Sor María de Jesús descubrió esa línea y respondió generosamente a la llamada del Señor. También nosotros podemos responder así, buscando cada día qué quiere Dios para nosotros, para nuestra familia, para nuestra sociedad, para nuestra humanidad.
El Señor ha venido a darnos plenitud. No nos quita la libertad ni nos oprime; al contrario, quiere que el ser humano se realice plenamente, que encuentre la verdadera felicidad y la verdadera alegría, que no nos la dan las cosas materiales, sino el amor de Dios que nos impulsa hacia los demás.
Esto a veces nos cuesta entenderlo porque nos dejamos llevar por la sabiduría del mundo. Pero el apóstol Pablo, en la segunda lectura, nos invita a descubrir la verdadera sabiduría, que no es la de este mundo, sino la que viene del Espíritu Santo, que conoce el corazón de Dios y nos revela su voluntad. Nos hace descubrir que Jesucristo muerto y resucitado está en el centro de nuestra fe. En aquel hombre que murió en la cruz no contemplamos a un fracasado, sino el amor de Dios llevado hasta el extremo, un amor que transforma la vida y que ha cambiado el corazón de tantas personas a lo largo de la historia.
En esta Eucaristía pedimos al Señor que vivamos de tal manera que Él pueda habitar en nosotros; que, cumpliendo su voluntad y siguiendo sus mandamientos —que no nos oprimen sino que nos liberan—, caminemos por la senda de la verdadera libertad. Lo que nos oprime es el pecado y el mal; lo que nos libera es la voluntad de Dios.
Seguimos pidiendo en esta Eucaristía por el proceso de beatificación de Sor María de Jesús, para que su testimonio, tan vivo en la memoria de nuestro pueblo, sea un estímulo para nosotros. Que, como ella, sepamos buscar siempre la voluntad del Señor y encontrar en ella nuestra alegría y nuestra rectitud, sintiendo que Dios viene a habitar en nuestro corazón.
Miramos finalmente a la Virgen María, la Virgen del Rosario. Que, como ella, estemos siempre disponibles a la voluntad de Dios; que podamos decirle cada día: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
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