Homilía De la Misa Crismal



Queridos hermanos, queridos sacerdotes, tanto los miembros que forman parte de nuestro presbiterio diocesano como aquellos que han venido a colaborar en sus actividades durante esta Semana Santa: a todos les doy la cordial bienvenida y les agradezco su disponibilidad. 

Todos sabemos que las palabras del Evangelio: «Hoy se ha cumplido esta Escritura», constituyen la homilía más breve de la historia. Y seguramente muchos fieles, y también algunos sacerdotes, desearían que fuera siempre así. Pero comprenderán que, siendo esta mi primera celebración como obispo de esta amada diócesis, emplee algunas palabras más. 

Nos hemos reunido en esta mañana para celebrar esta Santa Misa, una de las principales manifestaciones de la Iglesia diocesana, en la que se expresa tanto su unidad como la diversidad de ministerios que la enriquecen, fruto de la acción del Espíritu Santo. 

En efecto, el Espíritu Santo es el gran protagonista de esta celebración, pues por su acción será consagrado el santo crisma, con el que se unge a los recién bautizados, los confirmados son sellados y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y también los altares y templos en su dedicación. Asimismo, se bendecirá el óleo de los catecúmenos, con el que quienes se preparan para el bautismo son fortalecidos y dispuestos a seguir a Cristo. Y también el óleo de los enfermos, con el que quienes sufren reciben la fortaleza del Espíritu en su enfermedad. 

Pero, si nos fijamos bien, el Espíritu Santo es también el gran protagonista de la Palabra de Dios que hemos escuchado. Jesús es el Cristo, el Ungido por el Padre mediante el Espíritu; el enviado para evangelizar a los pobres, como Él mismo reconoce en la sinagoga de Nazaret, tras proclamar el texto del profeta Isaías que hemos escuchado como primera lectura, y afirmar con solemnidad: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». 

Ese mismo Espíritu lo recibimos nosotros el día de nuestro bautismo y, por medio de Él, Cristo nos hizo un reino y sacerdotes para Dios, su Padre, como afirmaba el texto del Apocalipsis. La liturgia del bautismo expresa esta realidad creyente: que todos somos ungidos como sacerdotes, profetas y reyes. De ahí que todo bautizado participe activamente en la vida litúrgica de la Iglesia, tenga la misión de testimoniar la fe también en la vida pública y esté llamado a ser servidor en la caridad de unos y otros, siguiendo el ejemplo del Maestro, que vino a servir y no a ser servido. 

Para el servicio de este pueblo sacerdotal, el Señor nos ha dado el sacerdocio ministerial. Así lo expresa claramente la liturgia que proclamaremos en esta celebración: Cristo no solo confirió el sacerdocio real a todo el pueblo santo, sino que también, con amor de hermano, eligió a algunos hombres de entre ese pueblo para que, por la imposición de las manos, participaran de su sagrada misión. 

Queridos hermanos sacerdotes, hemos escuchado con hondura que el Señor Jesús nos ha elegido para participar de su misión. Nuestro ministerio encuentra, por tanto, su raíz en este amor de Cristo, que nos amó primero, tomó la iniciativa de elegirnos y nos destinó para que diésemos fruto. Así lo refiere el evangelista: «No sois vosotros los que me habéis elegido; soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca». 

Queridos hermanos, quizá en ocasiones nos hemos preocupado en nuestro ministerio excesivamente por ese querer dar fruto: a veces con el deseo sincero de cumplir con el encargo de la misión encomendada; otras veces, quizá, movidos por una cierta gana de protagonismo o impregnados por la mentalidad del éxito que impera en nuestro mundo, donde solamente se valoran las personas y las actividades por el logro alcanzado. 

Se trata de una tentación: la de dejarnos arrastrar por una mentalidad eficientista, a la que se refiere el papa León XIV en su encíclica Una generatividad que genera futuro, con motivo del 60 aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis, cuya lectura les invito a retomar con calma y detenimiento. Una mentalidad, según la cual, el valor de cada uno se mide por el rendimiento. Según esta lógica, lo que se hace está por encima de lo que se es. Es la idolatría de la eficacia, que tantas veces denunció el papa Francisco. 

A este respecto, el papa León XIV, hace apenas unos días, en una reciente audiencia a seminaristas y formadores españoles, habló del riesgo de confundir la fecundidad con la intensidad de las actividades, o con el mantenimiento apresurado de una agenda desbordada. Añadía el Santo Padre: la vida espiritual no da fruto por lo que se ve, sino por lo que está profundamente arraigado en Dios. Cuando esa raíz se descuida —seguía diciendo— todo acaba secándose por dentro, hasta que silenciosamente se termina por morir, como esos árboles que permanecen vivos solo en apariencia, pero por dentro ya están secos. 

En esta celebración, dentro de unos momentos, les invitaré a renovar las promesas que hicieron el día de su ordenación sacerdotal. Y les preguntaré a todos, aunque cada uno responderá de modo personal, si quieren unirse más fuertemente a Cristo y configurarse con Él, renunciando a sí mismos, y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptaron gozosos el día de su ordenación sacerdotal para el servicio de la Iglesia. 

Es una pregunta que nos invita a reflexionar sobre el centro mismo de nuestro ministerio, sobre el núcleo de nuestra vocación. En efecto, ahí encontramos la clave para no caer en esa mentalidad eficientista o en ese riesgo de confundir la fecundidad con la intensidad de las actividades pastorales. Se hace necesario volver a la fuente de nuestro ministerio, unirnos más fuertemente a Cristo, la vid verdadera, desde la que nosotros somos también ungidos, configurados con Él como Buen Pastor, Siervo fiel y Esposo de la Iglesia. 

De esta manera, la labor pastoral deja de ser solo un conjunto de tareas o un modo de organizarnos, para convertirse en expresión de nuestro ser más profundo, haciendo de la caridad pastoral el principio inspirador de nuestra vida. Se hace necesario recordar que, antes que ministros, somos ungidos por el Señor. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado». Se hace necesario recordar también que Jesús eligió a los Doce, ante todo, para que estuvieran con Él y para enviarlos después a anunciar el Reino. 

Por eso, en el contexto de esa fidelidad de la que nos habla el Santo Padre, se encuentra también el permanecer fieles a la misión recibida. La fidelidad, amados hermanos sacerdotes, se sostiene y se proyecta constantemente en la fidelidad de Dios, que se expresa en su misericordia para con nosotros, a pesar de nuestra debilidad, de nuestras caídas y aun de nuestra mediocridad. Una misericordia que nos abre al futuro de Dios y nos salva del peso del pasado del pecado. Todos hemos experimentado seguramente esto en nuestro ministerio. Por eso, con el salmista, no nos cansaremos de cantar eternamente las misericordias del Señor. 

Pero esta fidelidad de Dios, hermanos sacerdotes, que va unida inseparablemente a su misericordia, nos invita también a la fidelidad en nuestra respuesta y en nuestra vida. Porque, si es cierto que la fidelidad abre el futuro, es igualmente cierto que nuestra infidelidad puede encerrarnos en un pasado estéril, en una existencia infecunda, marcada por la mediocridad y por la falta de entrega generosa. 

Cristo sigue llamando, y no se arrepiente de su elección, porque Él es fiel y su llamada es irrevocable. Sigue contando conmigo y con cada uno de nosotros para evangelizar a los pobres, para proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. 

Hermanos y hermanas, que María, la Virgen fiel, que respondió con disponibilidad y generosidad a la voluntad de Dios, nos cuide con su amor de Madre y nos ayude a perseverar en la misión que el Señor ha confiado a cada uno según la vocación recibida. 

Que así sea.

Transcrita por Chat Gtp

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