Queridos niños y niñas, ya falta muy poquito para un día muy grande. Habéis aprendido muchas cosas: oraciones, historias de Jesús, lo que es la Eucaristía… y eso está muy bien. Pero lo más importante no está en la cabeza, sino en el corazón.
Porque la Primera Comunión no es un premio por haber estudiado bien. Es un encuentro con Jesús. Él no viene a ver cuánto sabéis, sino a estar con vosotros, a quereros, a hacerse vuestro amigo de verdad.
Celebrar la Eucaristía de verdad —no solo venir a misa por venir— es como abrirle la puerta de casa a alguien muy importante y muy querido. No es lo mismo saber que alguien existe, que dejarle entrar y sentarse contigo.
Os pongo un ejemplo muy sencillo: imaginad que vuestra madre o vuestro padre os preparan vuestra comida favorita. No lo hacen solo para que la miréis o para que digáis: ‘sé cómo se hace’. Lo hacen para que os sentéis, la disfrutéis y compartáis ese momento con ellos. Pues algo parecido hace Jesús en la Eucaristía: se nos da como alimento porque quiere estar dentro de nosotros, acompañarnos, darnos fuerza y alegría.
Y a vosotros, padres, os diría también: este momento no es solo una celebración bonita, ni una tradición familiar. Es una oportunidad única para ayudar a vuestros hijos a descubrir que no están solos en la vida, que hay Alguien que los ama siempre y que quiere caminar con ellos.
Dentro de un mes, vuestros hijos no solo recibirán la comunión: si abrimos bien el corazón, comenzarán una amistad con Jesús que puede hacer su vida más buena, más verdadera y más feliz.
Por eso, en este tiempo que queda, más que estudiar mucho, os invito a algo muy sencillo: hablar con Jesús, contarle vuestras cosas, pedirle que os prepare el corazón. Porque cuando llegue ese día, lo importante no será hacerlo todo perfecto… sino recibirlo con alegría y con amor.”
Comentarios
Publicar un comentario