Señor Jesús, aquí estoy, en silencio, ante Ti. No traigo grandes palabras ni méritos, solo mi corazón tal como es. Me basta saber que estás aquí, realmente presente, esperándome. En medio del ruido de la vida, este momento contigo es un descanso del alma.
Creo, Señor, aunque a veces me cueste, que en este pan consagrado estás Tú. No es símbolo, no es recuerdo lejano: eres Tú, vivo y cercano. Milagro silencioso que se repite cada día, sin estruendo, sin imponerse, pero lleno de amor.
Gracias por quedarte. Gracias por no abandonarnos nunca. Podrías haberte ido, pero quisiste permanecer en este Sacramento, escondido, humilde, accesible. Aquí estás para todos: para el que cree, para el que duda, para el que busca.
Miro este altar, tan preparado con cariño, y entiendo que el amor siempre se expresa en detalles. Como Tú, que te haces pequeño para que yo no tenga miedo de acercarme. Enséñame a reconocer tu presencia también en lo sencillo de cada día.
Señor, muchas veces paso de largo, distraído, ocupado, lleno de cosas que no son Tú. Perdona mi prisa, mi olvido, mi poca fe. Hoy quiero quedarme, aunque sea un rato, y aprender a estar contigo, sin huir, sin llenar el silencio.
Háblame en lo profundo del corazón. No con palabras ruidosas, sino con esa paz que solo Tú sabes dar. Que en este encuentro sencillo renueve mi fe, mi esperanza y mi amor. Que vuelva a creer que no estoy solo.
Te presento lo que soy y lo que llevo dentro: mis alegrías y mis preocupaciones, mis heridas y mis deseos. Tú lo conoces todo, y aun así me amas. Déjame descansar en tu presencia, como quien se sabe mirado con ternura.
Y cuando me vaya, Señor, que no me aleje de Ti. Que esta visita no sea solo un momento, sino un comienzo. Que lleve tu presencia a mi vida diaria, recordando siempre este milagro: que Tú estás aquí… y también quieres estar en mí.
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