El Día de la Cruz


El 3 de mayo nos pone ante la cruz no como símbolo de derrota, sino como revelación del amor que permanece. En la Cruz de los Álamos, la madera elevada se convierte en memoria viva de tantas historias humanas que han sido abrazadas por Dios. La cruz no es un objeto: es un lenguaje. Habla de entrega, de silencio fecundo, de fidelidad sostenida cuando todo parece tambalearse.

Hoy, al contemplarla en Santo Domingo de Guzmán, se hace especialmente elocuente cuando está envuelta y sostenida por el amor matrimonial. El sacramento del matrimonio, vivido en la perseverancia diaria, es una forma concreta de cargar la cruz: no como peso estéril, sino como don compartido. Cada “sí” renovado en la vida conyugal es una astilla luminosa de esa cruz que salva.

Porque la cruz, cuando es abrazada en el amor fiel, deja de ser sufrimiento aislado para convertirse en comunión. Y así, lo que podría ser signo de muerte, florece —como los álamos que la rodean— en vida que se entrega, en promesa que no se rompe, en amor que, sostenido por Dios, no se agota.

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