“Gracias, gracias y gracias”. Misa de Acción de Gracias. Mons. Eloy A. Santiago.



Parece mentira que haya pasado solo una semana. A nosotros quizá nos parece que fue hace un año, o hace un mes, pero no: fue hace apenas una semana. Hace una semana, a esta misma hora, el Papa León XIV despegaba de Tenerife y regresaba a Roma. 

Fue una visita histórica. Y hoy todavía tenemos viva en nosotros la emoción de aquel momento. Ahora, al ver otra vez las camisetas de los voluntarios, por un lado sentimos un poco de nostalgia y, por otro, revivimos la alegría de aquellos días. Pero hoy no estamos en el mismo lugar. No estamos en el puerto de Santa Cruz, sino en nuestra catedral, en nuestra iglesia madre de la diócesis, donde queremos elevar nuestra oración de acción de gracias al Señor por la visita del Papa a nuestra diócesis, a Tenerife y, en definitiva, a todas las islas. 

Hoy es un día grande para dar gracias. Todos estamos radiantes. Los sacerdotes están contentos porque esas casullas que son las que vestían los obispos la semana pasada. Y podríamos decir, con humor, que cada uno se la pone como diciendo: “Señor, aquí está el humilde siervo del Señor; si es tu voluntad, aquí está la casulla preparada”. Y hasta podríamos añadir, fuera de chustes y de bromas, que alguno lleva la que llevaban los cardenales. 

Pero, bromas aparte, hoy es un día grande. Un día para dar gracias a Dios por este acontecimiento. 

Lo decía el apóstol Pablo en la carta a los Colosenses: que vivamos en el amor, en la unidad, en la paz, en el vínculo de la caridad, y que seamos agradecidos. No dice el apóstol: “Bueno, si quieren, si les va bien, si la cosa sale bien, den gracias”. No. Es una exhortación, casi un mandato: sean agradecidos. Porque el cristiano debe vivir en esa actitud permanente de agradecimiento. 

También la comunidad de Colosas, como tantas comunidades cristianas de los primeros siglos, vivía en una situación difícil, a veces de persecución, cuando no de incomprensión. Y, aun así, el apóstol invita a elevar cánticos al Señor y a ser agradecidos. 

Cuando repasamos nuestra vida descubrimos que es verdad: todo es gracia. Todo nos lo ha dado el Señor. No hay nada que sea solo mérito nuestro, nada que podamos decir que merecemos por nosotros mismos. Todo viene del Señor. 

Creemos en este Dios bueno, este Dios maravilloso, que en este mes de junio, y especialmente el pasado viernes, día del Sagrado Corazón de Jesús, contemplamos con un corazón abierto, un corazón que se quiere dar. En su bondad, Dios no deja de cuidar de nosotros. Por eso no podemos tener otra actitud que la del agradecimiento. 

Y eso exige humildad. Humildad para decirle al Señor: “Esto no lo merezco”. Nuestra diócesis no merecía esta visita, porque no se trata de méritos. Se trata de gracia, de regalo del Señor, de la abundante generosidad de Dios que se derrama sobre su pueblo, sobre la Iglesia, sobre los cristianos, y que se derramó de manera especial en nosotros el pasado viernes con la visita del Papa León XIV. 

Más aún, si releemos los textos y las palabras pronunciadas en Santa Cruz, encontramos que el Papa León XIV dijo varias veces “gracias”. Dio gracias a los obispos, sí, pero también dijo algo muy importante a la diócesis: “Gracias por lo que son”. 

Dos palabras preciosas: gracias por lo que somos. 

¿Y qué somos? Somos Iglesia. Somos el pueblo de Dios, con nuestras limitaciones, con nuestras debilidades, con nuestros pecados personales y también estructurales como Iglesia. Pero somos un pueblo que quiere hacer la voluntad de Dios. Somos una familia cristiana que el Señor ha llamado a ser discípula. 

Recordaba también aquellas palabras: “Vivan según la vocación que han recibido”. Hemos sido llamados a algo grande. Hemos sido llamados a vivir la santidad, la donación, la alegría de ser hijos e hijas de Dios, de pertenecer a su familia. 

Eso es lo que somos. Ese es nuestro gozo. Y eso es lo que el Papa León XIV reconoció con aquellas palabras: “Gracias por lo que son”. 

Es importante dar gracias por lo que somos, porque vivimos en un mundo donde parece que lo único que cuenta es hacer, producir, ser eficaces. Y parece que quien no produce —nuestros mayores, las personas enfermas, las personas consagradas, quienes viven en silencio y entrega— no cuenta para la sociedad. Parece que no hacen nada, que no producen, que son un estorbo, personas para descartar, como tantas veces denunció el Papa Francisco. 

Pero no. El Papa nos dice: gracias por lo que son. Hagan mucho o hagan poco, lo importante es lo que son: hijos de Dios, personas con dignidad, con una dignidad humana y cristiana que nadie puede quitar. 

Y por eso el Papa daba gracias por lo que somos y también por lo que hacemos. 

¿Y qué hacemos nosotros? ¿Qué hacemos de especial o espectacular? Hacemos, como dice el Evangelio, lo que tenemos que hacer. Ni más ni menos. Somos siervos inútiles que queremos cumplir la voluntad del Señor. 

Y esa voluntad se manifiesta en la entrega generosa de tantas personas en nuestras parroquias; de tantos sacerdotes que, en un clima de mucha oración y mucho trabajo, se dan generosamente a los fieles, a la feligresía y a las comunidades; de tantos religiosos y religiosas; de tantos laicos que viven la caridad de manera sencilla, constante y silenciosa. 

Eso es lo que hacemos, porque eso es lo que hemos recibido. Gratis lo hemos recibido y gratis lo damos. 

Hacemos lo que el Señor nos pide: ser la Iglesia de Jesucristo, ser fieles a Aquel que nos ha llamado a formar parte de esta familia. Él nos dijo: “Vayan al mundo entero y prediquen el Evangelio”. Ese ha sido el lema de nuestro plan pastoral, el lema que nos ha acompañado en estos cuatro años y, de un modo especial, en este último año, con esa llamada a ser presencia misionera en la vida pública. 

Eso es lo que tenemos que hacer. No es nada superficial. No es algo añadido. Es vivir como hijos queridos de Dios. Es vivir como hombres y mujeres de Iglesia. 

Y eso es lo que hacemos con nuestros pobres recursos, con nuestras comunidades que envejecen, con nuestros agentes de pastoral cansados, con la dificultad de llegar a los niños y a los jóvenes, con la dificultad de que tantos jóvenes sientan hoy la referencia de la Iglesia o escuchen la llamada de Dios a una vocación sacerdotal, religiosa, misionera o laical. 

Pero no importa. Hacemos lo que tenemos que hacer. Y no estamos solos. El Espíritu Santo está con nosotros. Él nos acompaña, nos ayuda y nos da fuerza en la debilidad. Cuando queremos tirar la toalla, cuando pensamos que no merece la pena seguir, ahí está el Espíritu Santo diciéndonos: “No te dejes engañar. Sigue adelante. Hasta la última gota de vida, sigue amando al Señor, sigue amando a los hermanos, sigue viviendo la misión que Cristo te ha confiado, porque en ella vas a encontrar tu felicidad, porque en ella vas a encontrar la santidad”. 

Por eso hemos de vivir en acción de gracias. Gracias, Señor, porque nos has escogido. Gracias porque nos has llamado. No por nuestros méritos, no porque seamos mejores que los demás, sino porque somos lo que somos por tu gracia. 

Como decía recientemente el Papa, Dios nos ama como somos, pero nos sueña mejores. 

Y esto es importante. Dios nos ama como somos, ciertamente, pero no quiere que nos quedemos en la mediocridad, en el estancamiento o en el desánimo. Dios nos sueña mejores. Sueña una Iglesia más dinámica, más entregada, más ferviente, más cercana a los demás, más viva todavía. Y ya está viva, como aquí se manifiesta y se ve. 

Esa es la Iglesia que el Señor sueña para nosotros: una Iglesia más unida; una Iglesia que ahonda más profundamente en el misterio de la fe, lo comparte y lo vive; una Iglesia viva en Cristo por la acción del Espíritu Santo. 

Hermanos y hermanas, damos gracias a Dios. Y hoy también quiero dar gracias a nuestro Papa por su presencia entre nosotros y por la gracia inmensa que ha supuesto esta visita. 

Quiero dar gracias, igualmente, a tantísimas personas que hicieron posible este día. Fueron meses muy intensos de trabajo, de reuniones, de coordinación y de entrega. Colaboraron las administraciones públicas, instituciones privadas, muchas personas anónimas, muchísimos voluntarios —aquí están muchos con sus camisetas—, y el comité local, con su responsable a la cabeza, trabajando durante meses y meses para que todo pudiera salir adelante. 

Así que estoy profundamente agradecido a todos los que colaboraron en este gran viaje. Ciertamente, tuvimos un gran éxito de organización, un éxito de vivencia eclesial y, ojalá, también un éxito de frutos para nuestra diócesis. 

No tengo más palabras que decir sino, en verdad y de corazón, como pastor y padre de esta diócesis, a todos y cada uno de ustedes aquí presentes, y a tantos otros que hoy no están, pero que también colaboraron con su gran trabajo: 

gracias, gracias y gracias.

Nota final: Esta transcripción ha sido revisada, corregida y unificada con la asistencia de ChatGPT, de OpenAI, a partir de una transcripción automática facilitada por el usuario.

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