Hoy, al cumplirse sesenta y nueve años de la ordenación sacerdotal de don Mauricio González, no celebramos simplemente una fecha venerable, ni contamos años como quien enumera méritos propios. Celebramos, más bien, el paso silencioso y fecundo de Dios por una vida entregada. Porque el sacerdocio, cuando es verdadero, no se mide solo por lo realizado, sino por aquello que ha dejado transparentar: la paciencia de Cristo, la cercanía de Cristo, la misericordia de Cristo, la fidelidad de Cristo.
Cristo es el único modelo. Todo sacerdote lo sabe, y cuanto más pasan los años, más hondamente lo comprende. Nadie puede sostenerse a sí mismo durante tanto tiempo si no ha sido sostenido antes por la gracia. Nadie puede permanecer si no ha aprendido, día tras día, a volver al Señor, a dejarse corregir por Él, a descansar en Él, a comenzar de nuevo en Él. Por eso, sesenta y nueve años de sacerdocio no son solo una larga trayectoria: son una historia diaria de respuesta, de humildad, de entrega y de confianza.
La fidelidad no se improvisa. Se construye en lo pequeño, en lo cotidiano, en la oración repetida cuando no hay aplausos, en la misa celebrada con amor, en la escucha paciente, en la palabra ofrecida a tiempo, en la presencia junto al que sufre, en la discreción de tantas jornadas que quizá nadie recuerda, pero que Dios ha recogido una a una. La fidelidad sacerdotal es una arquitectura interior levantada con gestos sencillos, con renuncias escondidas y con una esperanza que no se deja vencer.
Por eso, querido don Mauricio, la gratitud que hoy brota de tantos corazones es verdaderamente merecida. Merecida por su vida sacerdotal, por su constancia, por su testimonio, por todo el bien sembrado, visto y no visto. Pero esa gratitud, precisamente porque nace de la fe, no se queda en usted como término último. Pasa por usted y se eleva a Dios. Porque toda vida sacerdotal fecunda es, al final, un signo que remite más allá de sí misma: a la gloria del Señor, que llama, sostiene, perdona, acompaña y hace fecunda la pobre vasija de barro.
Que este aniversario sea, por tanto, memoria agradecida y alabanza. Memoria de una vida puesta al servicio del Evangelio; gratitud por un sacerdote que ha perseverado; y alabanza al Dios fiel, que nunca abandona la obra de sus manos. Sesenta y nueve años después, lo esencial sigue siendo lo mismo que el primer día: Cristo, solo Cristo, siempre Cristo.
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