Santa María Magdalena nos enseña que el Evangelio comienza allí donde una persona se deja transformar por el amor de Dios. Cuando Jesús afirma: «Se le perdonan sus muchos pecados, porque ha amado mucho» (Lc 7,47), no establece una medida matemática entre el pecado y el perdón, sino que revela que quien experimenta profundamente la misericordia aprende también a amar con una intensidad nueva. El amor no compra el perdón; es el fruto agradecido de quien se sabe alcanzado por él.
La tradición cristiana ha visto en María Magdalena el rostro de una discípula fiel. Más allá de las identificaciones que durante siglos se hicieron entre distintos personajes evangélicos, permanece una verdad luminosa: ella no abandona a Jesús ni en la cruz, ni en el sepulcro, ni en la madrugada incierta de la Pascua. Quien ha descubierto un amor que salva ya no vive desde el miedo, sino desde la fidelidad. Por eso será la primera en escuchar su nombre pronunciado por el Resucitado y la primera enviada a anunciar a los apóstoles que Cristo vive.
También nosotros necesitamos aprender esa lección. El cristianismo no consiste en exhibir una vida perfecta, sino en dejarnos amar por Dios hasta el punto de que ese amor cambie nuestra manera de mirar, de servir y de perdonar. Cuanto más conscientes somos del don recibido, más capaces somos de amar sin cálculos. Santa María Magdalena nos recuerda que la santidad no nace de la autosuficiencia, sino de un corazón reconciliado que responde con gratitud. Quien ha sido amado por Cristo encuentra en ese amor la fuerza para convertirse, permanecer y anunciar.
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