Homilía de la Institución del Acolitado




Queridos hermanos y hermanas; querido Daniel: 

Acabas de ser presentado para recibir el ministerio del acolitado. Sabemos que se trata de un ministerio laical, tal como quedó configurado después de la reforma de san Pablo VI, abierto hoy también a quienes son llamados a servir en la Iglesia desde su condición laical. Para quienes se preparan al orden diaconal o sacerdotal, este ministerio se recibe dentro de un camino hacia la ordenación. 

Sin embargo, sería una pena pensar que el ministerio que hoy recibes es simplemente un paso más, una condición más, un requisito más para llegar a una meta. La Iglesia, en su sabiduría, sabe que es necesario ir creciendo, madurando y profundizando en el misterio del servicio. Por eso, esta celebración en la que serás instituido acólito no puede vivirse como un expediente más que cumplir, sino como una llamada del Señor a entrar más hondamente en lo que significa servir. 

La oración colecta que hemos rezado nos ayuda a comprenderlo: pedimos al Señor que enseñe a los ministros de su Iglesia —y tú vas a ser ministro acólito— no a ser servidos, sino a servir. Ahí está el corazón de la palabra “ministerio”. Ser ministro significa ser servidor. Lamentablemente, el uso que damos en el mundo civil a la palabra “ministro” puede hacernos pensar en otra cosa. Pero, en su sentido más profundo, ministro es quien sirve, quien pone su vida al servicio de una misión. 

Y del ministro espera Dios que sea competente en la acción que realiza, que tenga una preparación adecuada para cumplir la misión que se le confía; que en el servicio sea manso como el Señor —lo escuchábamos en la liturgia de ayer: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”—; y que en la oración sea perseverante. No puede ser de otra manera. No podemos ser ministros de Cristo si no vivimos unidos a Él por la oración, por la escucha de la Palabra, por la meditación de esa Palabra que la Iglesia proclama y custodia, y también por la adoración y el amor a Jesús presente en la Eucaristía. 

El acolitado te instituye, de modo particular, para el servicio del altar. Pero no debemos pensar que se trata de un ministerio meramente litúrgico o ritual. Nada más lejos de la realidad. La oración de bendición y las lecturas que hoy hemos proclamado nos muestran la hondura de este servicio. 

Jesús contempla a aquella muchedumbre que tiene hambre. Jesús se conmueve ante ella y quiere alimentarla. Lo hace mediante la multiplicación de los panes y los peces. Pero sabemos que el hambre de la humanidad de este siglo XXI no es solo hambre de pan. Hay también hambre de la Palabra de Dios, hambre de sentido, hambre de esperanza, hambre de saber por qué y para qué vivir. 

Tú, como acólito, tendrás también la misión de servir el Pan de vida a esta humanidad hambrienta. Estás llamado a acercarte a los hombres y mujeres de nuestro tiempo para ofrecerles a Jesucristo, el único que da sentido pleno a la vida, el único que puede saciar el hambre más profunda del corazón humano. 

Tu misión será escuchar aquellas palabras de Jesús: “Dadles vosotros de comer”. Dale tú también de comer al pueblo de Dios. Acerca a los demás a la Eucaristía. Ayúdales, también con tu testimonio de vida, a comprender que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana, fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia; que la Eucaristía sacia nuestra hambre existencial, nuestra hambre de Dios, nuestra necesidad de vida verdadera. 

Y en la Eucaristía encontrarás también la fuerza para avanzar en el camino. Es la experiencia del profeta Elías, que hemos escuchado en la primera lectura. Qué duro es ser profeta. Qué duro es anunciar la voluntad de Dios y denunciar todo aquello que nos aleja de ella. Elías se siente cansado, abatido, superado por un cansancio existencial. Incluso llega a desear la muerte. Pero Dios sale a su encuentro a través de su ángel y le invita a comer. Le ofrece un pan que lo fortalece para el camino y para la misión. 

Esta es también la misión del acólito: servir al altar, ciertamente, con amor reverencial hacia Jesús presente en la Eucaristía; vivir de ese Pan, alimentarse de Él, adorarlo y amarlo. Pero también aprender a compartir ese alimento con los hermanos; saber mostrar dónde encontramos el verdadero alimento de nuestra vida; y vivir siempre desde el servicio, imitando a Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por todos. 

También tú estás llamado a caminar así. Vas avanzando en tu camino hacia el diaconado, acompañado por tu mujer, Nieves, por tus hijos, por tu comunidad, y también por estos hermanos diáconos que hoy nos acompañan. Que nunca olvides, querido Daniel, que el gran tesoro de la Iglesia es la Eucaristía. En ella encontramos el verdadero alimento que nos sostiene para llevar a cabo la misión evangelizadora que Cristo nos ha confiado. 

Una vida cristiana que no sea vida eucarística, vida de acción de gracias, vida de entrega, vida de ofrenda unida a Cristo en la Eucaristía, difícilmente puede ser una vida plenamente cristiana. Que el servicio al altar te vaya configurando interiormente y te prepare para ese gran ministerio que un día recibirás en el diaconado. Que lo vivas siempre en unión filial con Jesús Eucaristía y en comunión con la Iglesia a la que eres llamado a servir. 

Que María, nuestra Madre, te ayude a descubrir esta verdad. Que te ayude a vivir en actitud de servicio. Y que puedas experimentar profundamente aquello que hemos rezado en el salmo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. La bondad del Señor se experimenta, se siente, se gusta y se contempla. No es solo una idea intelectual; es una experiencia integral, que abraza todo el ser humano. 

Que tú también puedas gustar y ver qué bueno es el Señor, y que puedas transmitirlo con tu testimonio de vida, con tu servicio a la Palabra de Dios como lector, con tu servicio al altar como acólito, y con tu seguimiento fiel de Jesucristo, que vino a servir y a dar su vida por todos nosotros. 

Que así sea.

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