Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas; queridas personas de vida consagrada; queridos familiares y amigos de Gustavo; hermanos todos; muy querido Gustavo:
Con gozo nos hemos reunido en esta mañana en nuestra Santa Iglesia Catedral de San Cristóbal de La Laguna para acoger el regalo que Dios hace a nuestra Iglesia diocesana en la persona de Gustavo.
Damos gracias al Señor porque, escuchando nuestras súplicas, sigue llamando a jóvenes a seguirle en el ministerio sacerdotal al servicio de su pueblo santo. Una llamada que no todos escuchan o a la que no todos responden con disponibilidad, porque el miedo paraliza el corazón.
El mismo texto autobiográfico de Jeremías, proclamado como primera lectura, nos presenta al joven profeta temeroso ante la elección que Dios hace de él. Se siente pequeño, incapaz de anunciar la Palabra que se le confía. «¡Ah, Señor! No sé hablar; soy un muchacho», responde.
Seguramente esa fue también la experiencia de la gran mayoría de quienes hoy estamos aquí cuando descubrimos la llamada del Señor. Probablemente también la tuya, Gustavo, cuando entraste en el Seminario y, de nuevo, en este momento decisivo de tu vida. Quizá sea también la experiencia de algunos jóvenes aquí presentes que sienten en su corazón una llamada que todavía no alcanzan a comprender plenamente; una atracción hacia el sacerdocio que convive con el vértigo y con el miedo a dar el paso definitivo.
A todos ellos, como hoy a ti, Gustavo, el Señor les dirige las mismas palabras que dirigió a Jeremías: «No tengas miedo».
El miedo, el temor a los demás o incluso a uno mismo, no procede de Dios ni es propio de quienes pertenecen a Cristo. Así lo recordaba san Pablo a Timoteo: «Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza».
Y todo ello no por nuestra propia valentía —que sabemos por experiencia que es limitada—, sino por la confianza que nace de saber que no estamos solos, de reconocer que sabemos de quién nos hemos fiado.
Como hemos proclamado en el salmo: aunque caminemos por cañadas oscuras, incluso por aquellas que a veces aparecen en la vida ministerial, nada hemos de temer porque Él camina con nosotros.
Esa es precisamente la promesa que Dios hace a Jeremías: «Yo estoy contigo». Es también la promesa que el Señor hace a cuantos llama y envía a una misión, como hizo con los Apóstoles: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Hermanos, nuestro Dios es el Dios presente. Es el Dios que permanece, que nunca se ausenta, que jamás abandona a los suyos.
Estas palabras deben resonar constantemente en nuestro corazón para invitarnos a una confianza plena en Dios.
Como recordaba el papa León XIV en su carta para la Jornada de Santificación Sacerdotal, la santidad sacerdotal nace del abandono confiado. Sólo la confianza plena en Aquel que nos ha llamado y nos ha hecho capaces del ministerio puede constituir el fundamento sólido sobre el que construir toda la vida sacerdotal.
No podemos apoyar nuestro ministerio únicamente en nuestras capacidades, ni en nuestros recursos, ni en una visión ingenua del progreso técnico o tecnológico. El verdadero fundamento es Dios.
Podemos hacer nuestras las palabras del profeta Isaías: «Confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor».
Dios está con nosotros, cuenta con nosotros y nos llama siempre a algo más grande que nosotros mismos.
La vocación nace del amor: del amor que Cristo nos tiene, del amor con el que nos llama amigos, nos elige y nos envía para que demos fruto, como hemos escuchado en el Evangelio.
Gustavo, cultiva siempre esa amistad con Dios mediante la oración, la lectura cotidiana y la meditación de la Sagrada Escritura, la celebración de los sacramentos y la adoración eucarística.
Pero procura que esa amistad con Dios nunca te aparte de las personas, sino que te acerque todavía más a ellas; que forme en ti un corazón paciente, cercano, compasivo, capaz de escuchar y de amar como Cristo ha hecho contigo.
Sé un auténtico amigo de Dios para poder ser también amigo de los hombres, especialmente de aquellos que serán confiados a tu ministerio pastoral.
Recuerda siempre que el pueblo que se te confía no te pertenece. No es propiedad tuya. No puedes tratarlo con autoritarismo ni dejarte contagiar por las lógicas del poder. Es el pueblo santo de Dios, adquirido por Cristo con el precio de su sangre, como nos recordaba san Pablo en la segunda lectura.
El Señor pone ese pueblo en tus manos para que lo conduzcas con amor de pastor y con corazón de hermano, desde el servicio humilde y la entrega generosa de tu propia vida.
Cuida del pueblo de Dios mirando siempre a Cristo, el Buen Pastor. Pero cuídate también a ti mismo y déjate cuidar.
Abre tu corazón con transparencia al acompañamiento de tu obispo, a quien hoy prometes obediencia.
Cultiva la fraternidad sacerdotal. Busca siempre a tus hermanos sacerdotes. Escúchalos. Camina con ellos.
Nos lo ha recordado recientemente el Santo Padre: el sacerdote que se aísla lentamente se apaga; el sacerdote que camina con sus hermanos crece.
Vive, por tanto, plenamente integrado en este presbiterio al que hoy te incorporas, con sus luces y también con sus limitaciones.
Y haz siempre tuya la recomendación de san Benito, patrono de Europa, cuya fiesta celebramos hoy: «No antepongas nada al amor de Cristo».
En medio de las múltiples tareas, responsabilidades y cansancios propios del ministerio sacerdotal, procura que el amor de Cristo ocupe siempre el primer lugar. Sólo así la caridad pastoral podrá convertirse en el verdadero principio unificador de toda tu vida.
Esa misma caridad abrirá tu corazón al amor fraterno. Como enseña también san Benito, en cada hermano acogemos al mismo Cristo.
Hace apenas unas semanas, durante su visita a nuestra diócesis, el papa León XIV nos felicitaba por ser una Iglesia acogedora y nos animaba a seguir construyendo comunidades misioneras abiertas a todos.
Que cuantos se acerquen a ti, especialmente los pobres, los vulnerables y quienes más sufren, encuentren siempre un hermano que acoge, escucha, acompaña, comprende y ama.
Viviendo así tu sacerdocio podrás conducir a muchos hasta Dios, del mismo modo que otros te condujeron a ti.
Pienso hoy en tu familia, aquí presente; en tu parroquia; en los sacerdotes que han formado parte de tu camino; en tus compañeros y formadores del Seminario; en tantos hermanos que te han acompañado con su amistad y con su oración.
Pienso también en Venezuela, tierra a la que estás profundamente unido y que atraviesa en estos momentos una situación especialmente dolorosa.
Querido Gustavo:
Has querido poner el ministerio sacerdotal que hoy comienzas a los pies de María, haciendo tuyas las palabras de san Luis María Grignion de Montfort: Totus Tuus.
Que la Virgen te enseñe a vivir una entrega completa a Cristo, con humildad, fidelidad y alegría, para gloria de Dios y servicio de su Iglesia.
Amén.
Nota editorial: Este texto ha sido grabado durante la celebración, posteriormente transcrito y revisado para su publicación con la asistencia de ChatGPT (OpenAI), respetando sustancialmente el contenido de la predicación oral y realizando únicamente correcciones de estilo propias de la edición escrita.
Comentarios
Publicar un comentario