Homilía en la solemnidad de San Cristóbal


Queridos hermanos y hermanas: 

Celebramos hoy la gloriosa fiesta de san Cristóbal, aquel gran hombre que, según la hermosa tradición cristiana, cargó sobre sus hombros al Niño que era Cristo mientras cruzaba la corriente del río. Su imagen continúa recordándonos que el cristiano está llamado a llevar a Cristo y a ayudar a los demás a atravesar los ríos de la vida. 

Celebramos también, con especial emoción, los 530 años de la fundación de esta ciudad de San Cristóbal de La Laguna. Este ha sido, además, un año extraordinario para nuestra historia. No puedo dejar de referirme hoy a la visita del papa Francisco a nuestra ciudad, un acontecimiento que muchos de los aquí presentes pudieron vivir en primera persona. 

La visita del Santo Padre fue una oportunidad providencial para dar a conocer al mundo la historia centenaria de esta ciudad. Era la primera vez que un Pontífice recorría nuestras calles. Lo contemplamos junto al Santísimo Cristo de La Laguna, junto a la imagen de san Cristóbal, en el Palacio Salazar y atravesando las puertas de nuestra ciudad. Por eso, las palabras del salmista adquieren hoy un significado muy especial: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres». 

Sí, el Señor ha estado grande con nosotros. Nos permitió acompañar al Sucesor de Pedro y escuchar de sus labios un mensaje que ya forma parte de la historia de San Cristóbal de La Laguna. Un mensaje que seguirá iluminando el presente y el futuro de nuestro pueblo. 

El Papa nos invitó a construir una auténtica cultura del encuentro, una ciudad abierta, acogedora y fraterna, capaz de recibir a toda persona, independientemente de su nacionalidad, de su cultura, de su raza o de su religión. Esa cultura del encuentro nace en la familia y se proyecta después sobre toda la sociedad. 

También quiso encontrarse con quienes trabajan junto a los pobres y los más vulnerables, recordándonos las palabras del Evangelio: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me acogisteis». En ellos reconocemos la presencia del mismo Cristo. 

San Cristóbal sigue siendo para nosotros un modelo admirable. Él ayudó a otro a cruzar el río. También nosotros estamos llamados a ayudar a tantas personas a cruzar los ríos de su propia existencia: los ríos del sufrimiento, de la soledad, del desempleo, de la incertidumbre o de la falta de esperanza. 

Mirar hacia atrás y contemplar más de cinco siglos de historia nos llena de gratitud. Es la historia de un pueblo que ha sabido superar dificultades sin perder sus raíces; un pueblo que ha conservado sus tradiciones y su identidad; una ciudad cuya historia está profundamente unida a la presencia de la Iglesia y al anuncio del Evangelio. 

Las lecturas que acabamos de escuchar nos recuerdan precisamente esta misión. Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Reino, confiando en ellos. San Pablo nos recuerda que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones y que somos llamados a vivir desde ese amor que sana, reconcilia y da esperanza. 

Ese amor es el que hace posible una sociedad más justa y más fraterna. Es el mismo amor del que nos habló el Papa cuando nos recordó que todos formamos parte de una única familia humana, esa magnífica humanidad creada por Dios. Somos llamados a fortalecer los vínculos que nos unen, buscando siempre el bien común, la justicia y la paz. 

En ese camino, la Iglesia desea seguir ofreciendo humildemente su aportación a la vida pública. Los cristianos estamos llamados a iluminar la sociedad con la luz del Evangelio, promoviendo la dignidad de toda persona, la defensa de la vida, la solidaridad, la reconciliación y la paz. Frente a la cultura del descarte, estamos llamados a construir la cultura del cuidado; frente a la división, la fraternidad; frente al odio, el perdón; frente a la indiferencia, la compasión. 

Nuestra propia ciudad habla de esa presencia cristiana. Sus iglesias, sus conventos, sus hospitales, sus instituciones educativas y de caridad son testimonio de una Iglesia que ha contribuido a construir la historia de este pueblo y que quiere seguir sirviéndolo con humildad. 

Hoy damos gracias por estos 530 años de historia. Damos gracias por esta ciudad y por todos los que, generación tras generación, la han construido con esfuerzo y esperanza. Damos gracias porque Dios sigue contando con nosotros, como contó con san Cristóbal, para llevar a Cristo a los demás y para abrir nuestro corazón al servicio de quienes más lo necesitan. 

Pidamos al Señor que sepamos construir una sociedad más justa, más humana y más fraterna. Que sepamos descubrir en Cristo el camino, la verdad y la vida, y que, como los Apóstoles, demos testimonio de nuestra fe sin miedo, sostenidos siempre por la fuerza del Espíritu Santo. 

Que san Cristóbal, nuestro patrono, interceda por nosotros. Él, que acompaña simbólicamente a tantos viajeros, nos acompañe también en el camino de la fe y nos ayude a llevar a Cristo sobre nuestros hombros para ofrecerlo al mundo. 

Y que María, nuestra Madre, nos sostenga con su protección y nos enseñe, como hizo ella, a buscar siempre la voluntad de Dios. 

Así sea. 

OpenAI. (2026). Reconstrucción y edición de una transcripción automática de una homilía mediante ChatGPT (modelo GPT-5.5). https://chat.openai.com/

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