No podemos dejar de orar (Una reflexión inspirada en «Contra la oración», de Fabrice Hadjadj)


Hay personas que afirman no rezar nunca. O incluso que desearían no haber rezado jamás. Sin embargo, basta observar con atención la vida cotidiana para descubrir que la oración no comienza necesariamente cuando alguien se arrodilla ante un altar. Empieza mucho antes: allí donde brota el deseo, donde nace la esperanza, donde el corazón reconoce que no se basta a sí mismo.

Quizá creemos haber abandonado la oración porque hemos dejado de dirigirnos a Dios. Pero la realidad es más profunda. El ser humano está hecho de tal manera que siempre acaba dirigiéndose a alguien o a algo. Pedimos éxito, salud, reconocimiento, amor, seguridad, dinero, estabilidad o simplemente que las cosas salgan bien. Cambian los destinatarios, pero permanece la actitud interior de quien espera recibir aquello que no puede garantizar por sí mismo.

La modernidad ha querido convencernos de que la verdadera libertad consiste en no depender de nadie. El ideal parece ser el de la piedra: sólida, cerrada sobre sí misma, autosuficiente. Sin embargo, la piedra tampoco existe por sí sola. Todo cuanto existe ha recibido el ser. También nosotros vivimos gracias a una multitud de dones que no hemos producido: la vida, la inteligencia, el afecto, la cultura, el lenguaje, la amistad. La independencia absoluta es una ficción.

Por eso incluso quien se declara ateo termina pronunciando pequeñas oraciones sin advertirlo. Aparecen durante un partido de fútbol cuando se desea un gol decisivo; en una entrevista de trabajo; esperando la llamada que puede cambiar una vida; delante de un examen; aguardando el resultado de una prueba médica. Surgen espontáneamente expresiones como «ojalá», «por favor», «que salga bien». Son palabras dirigidas a un destinatario difuso, quizá desconocido, pero revelan que el corazón continúa abierto a una esperanza que supera su propio control.

Lo mismo sucede con quienes depositan toda su confianza en el dinero, la política, los mercados o la tecnología. Cada época tiene sus dioses. Hoy muchas personas creen haber sustituido la oración por los algoritmos. Consultamos aplicaciones que organizan nuestros horarios, nuestros desplazamientos, nuestro descanso, nuestra alimentación e incluso nuestras relaciones. Confiamos en que la inteligencia artificial responda inmediatamente a nuestras preguntas. Sin darnos cuenta, acabamos esperando de las máquinas una especie de salvación cotidiana.

Pero basta un fallo del sistema, una avería informática o un retraso de unos segundos para descubrir cuánto dependemos de aquello en lo que hemos puesto nuestra confianza. Entonces aparecen la impaciencia, el enfado e incluso la desesperación. Lo que parecía pura racionalidad revela un fondo casi religioso: esperamos que algo nos responda, que algo nos sostenga, que algo no nos falle.

La cuestión, por tanto, no es si rezamos o no. La verdadera pregunta es a quién rezamos. Porque siempre terminamos confiando nuestra existencia a alguien o a algo. El problema no es la oración; el problema es el destinatario de nuestra oración.

La tradición cristiana afirma que la auténtica oración nace precisamente cuando dejamos de creer que somos autosuficientes. No es un acto de humillación servil, sino un reconocimiento de la verdad. Somos criaturas. Necesitamos ser amados. Necesitamos recibir. Necesitamos aprender a vivir desde la gratitud antes que desde el dominio.

En este sentido, la oración no reduce la libertad; la purifica. Libera al hombre de las supersticiones modernas, de la esclavitud del éxito, del miedo al fracaso y de la necesidad constante de controlarlo todo. Quien aprende a decir «Padre nuestro» deja de arrodillarse ante los ídolos del momento. Ya no necesita convertir el dinero, el prestigio o la eficacia en absolutos.

La oración cristiana tampoco pretende manipular a Dios. No consiste en obligarle a cumplir nuestros deseos. Más bien transforma lentamente nuestros deseos para hacerlos semejantes a los suyos. El creyente no sale de la oración con el mundo necesariamente cambiado; sale con el corazón dispuesto a mirar el mundo de otra manera.

En la universidad esta enseñanza adquiere un significado especial. Vivimos rodeados de información, de estímulos y de exigencias de rendimiento. Se nos invita continuamente a producir más, saber más y controlar más. Sin embargo, casi nunca se nos enseña a detenernos, a escuchar, a guardar silencio. Quizá por eso muchos jóvenes experimentan una profunda fatiga interior. Han aprendido a responder preguntas, pero apenas encuentran espacios para formular las verdaderamente importantes.

La oración abre precisamente ese espacio. Es el lugar donde la persona deja de definirse por lo que produce y comienza a descubrir quién es. Allí desaparece la necesidad de demostrar continuamente el propio valor. Allí el éxito deja de ser la medida de la existencia. Allí se aprende que antes de hacer cosas para Dios, uno es amado por Dios.

Por eso no se trata de elegir entre la razón y la oración. La auténtica oración no es enemiga del pensamiento; lo ensancha. No es una renuncia a la inteligencia, sino una forma de situarla humildemente ante el misterio de la realidad. Solo quien acepta que no lo controla todo puede comenzar a conocer verdaderamente.

Quizá el mayor descubrimiento consiste precisamente en éste: no podemos dejar de orar. Podemos cambiar el nombre de aquello a lo que dirigimos nuestra esperanza. Podemos sustituir a Dios por otros absolutos. Podemos convertir el éxito, la ciencia, la política o la tecnología en nuestros altares. Pero el corazón humano seguirá buscando siempre aquello que considera capaz de salvarlo.

La cuestión decisiva es si esa esperanza descansa sobre un ídolo que termina decepcionando o sobre el Dios vivo que llama a cada persona por su nombre y la introduce en la libertad de los hijos.


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