PARROQUIA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN: LAS PUERTAS DEL TIEMPO


Una tarde, después de quince años de ausencia, me sentía profundamente cansada, como si arrastrara un equipaje invisible del que no podía desprenderme. Con el peso de la responsabilidad sobre mí, caminé buscando refugio. La fachada de la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, cercana, se alzaba idéntica a la de mi infancia en La Laguna. Al cruzar el umbral, el eco de mis pasos en la Plaza de Santo Domingo se desvaneció de golpe, pero lo que buscaba mi mirada no eran las valiosas pinturas del interior. Era la vieja puerta giratoria de la entrada, el rincón exacto donde quería echar el peso de mis preocupaciones. 

Me detuve ante ella. Los paneles de madera y cristal, desgastados por las manos de miles de fieles a lo largo de las décadas, parecían esperarme para aliviar mi carga. Estiré la mano. Al rozar la estructura, un escalofrío de nostalgia me recorrió los dedos. Empujé suavemente. El mecanismo giró con un quejido familiar. Un sonido que resucitó de golpe los inviernos laguneros de mi niñez y ese olor a lluvia sobre los adoquines que, más que el frío en los labios, me recordaba el calor de mi infancia. 

Entré en uno de los compartimentos. Al dar el primer giro, sentí cómo empezaba a echar el peso de la madurez fuera de mí. La plaza desapareció. Al dar el segundo, no apareció el interior del templo, sino la imagen de mi niñez reflejada en el cristal. Pude ver a aquella niña libre de toda obligación y riendo mientras empujaba la misma puerta como si fuera un tiovivo secreto. 

-Te dije que era una máquina del tiempo- susurró una voz a mi lado. 

-Ha pasado mucho tiempo- le dije, deteniendo el movimiento, atrapada entre mi pasado y mi presente. 

-El tiempo solo existe fuera de esta puerta amiga mía- respondió el Santo. Para el mundo exterior, eres una adulta abrumada por esos quince años de obligaciones, pero aquí dentro, gracias a estos cristales, puedes dejar el peso de todo lo que cargas y que la niña que fuiste y la mujer que eres hoy se den la mano. Esta puerta no solo una la calle con el altar. Une cada momento de tu vida. 

Miré hacia atrás a través del cristal que daba forma a mis recuerdos. Vi los días felices de mi juventud, las personas que ya no están, las risas infantiles que el viento de La Laguna se había llevado. Con cada vuelta, el peso de los años y la responsabilidad se volvían más ligeros. Luego miré al frente, hacia la penumbra pacífica del templo, donde el presente me esperaba con los brazos abiertos. 

-A veces me olvido de jugar- admití con un nudo en la garganta, sintiendo cómo me liberaba de esa carga. 

-Pero la puerta sigue girando- dijo Santo Domingo con ternura. Para recordarte que esa niña nunca se fue y que puedes soltar tu equipaje aquí. Cada vez que la vida pese, ven. Da una vuelta. Cambia el movimiento. Respira. 

La puerta se movió por última vez. Cuando el giro terminó, di el paso hacia el interior de la iglesia, habiendo dejado atrás toda la pesadez que traía conmigo. 

El silencio sagrado lo envolvió todo. El compartimento de al lado estaba vacío, pero en el aire flotaba una paz inmensa. Sonreí, estiré la espalda y caminé hacia el altar con el alma ligera, sabiendo que el portal de mi infancia siempre estaría allí para recordarme quién soy realmente y ayudarme a respirar.

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