Dos veces al año, el 2 de febrero y el 15 de agosto, nuestra Virgen del Rosario cambia el rosario por la candela. El gesto, sencillo y elocuente, enlaza la vida de nuestra parroquia de Santo Domingo de Guzmán con la memoria cristiana más antigua de Tenerife. Aquella candela fue regalo de los guanches cristianos y nobles de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, y desde entonces parece conservar, en su pequeña llama, la memoria de un encuentro: el de una tierra que comenzaba a escuchar el Evangelio y el de unos hombres que quisieron poner su historia, su dignidad y su fe naciente en manos de María. La candela no es, por ello, un mero adorno de fiesta; es una memoria encendida.
En la tradición cristiana, la luz habla siempre de Cristo. «Luz para alumbrar a las naciones», proclama Simeón cuando recibe al Niño en el templo. María lleva esa Luz en sus brazos y, al mismo tiempo, sostiene la candela que la representa. Por eso, cuando contemplamos a la Virgen del Rosario con la candela en sus manos, especialmente en los días dedicados a Nuestra Señora de Candelaria, descubrimos una hermosa catequesis silenciosa: María no guarda la luz para sí, sino que la ofrece; no conduce hacia sí misma, sino hacia su Hijo. También el rosario y la candela terminan diciendo lo mismo: mirar a María es aprender de ella a contemplar a Cristo y a dejar que su luz alcance nuestra propia vida.
Quizá por eso emociona pensar que aquella candela pasara de unas manos guanches a las manos de la Virgen. Es como si la historia de Canarias hubiera querido dejar allí una pequeña llama que no se apagara. Siglos después, cuando vuelve a ocupar el lugar del rosario, esa luz continúa hablando de fe recibida y transmitida, de memoria y esperanza, de pueblos distintos convocados en una misma casa. Cada 2 de febrero y cada 15 de agosto, la Virgen del Rosario nos recuerda así que también nosotros hemos recibido una luz que no nos pertenece: estamos llamados a custodiarla, a hacerla crecer y, sobre todo, a entregarla a quienes vengan después.
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