Una Romería inacabada, la de San Roque


En el antiguo lenguaje de las peregrinaciones, el camino acababa dando nombre al caminante: peregrino era, de modo especial, quien marchaba hacia Santiago; palmero, quien regresaba de los Santos Lugares con la palma de Jerusalén; y romero, quien dirigía sus pasos hacia Roma. Hoy celebramos precisamente una romería de San Roque, y la palabra adquiere en él una fuerza singular. Después de encontrarse con Cristo y abrazar la fe cristiana, Roque quiso ponerse en camino hacia Roma. Dejó seguridades, bienes y comodidades para convertirse en caminante. Había comprendido que creer significa, de alguna manera, ponerse en camino. 

Pero su romería no resultó como seguramente la había imaginado. En el camino aparecieron los enfermos, los apestados, los abandonados, aquellos ante quienes tantos pasaban de largo por miedo al contagio. Y Roque se detuvo. Una y otra vez se detuvo. El peregrino que quería llegar a Roma descubrió que Cristo le salía al encuentro antes de alcanzar la meta, escondido en la carne herida de quienes necesitaban ayuda. La necesidad del otro alteró su itinerario. Y aquello que podía parecer una interrupción de la peregrinación acabó convirtiéndose en su verdadero camino hacia Dios. 

Quizá por eso la romería de San Roque permanece siempre inconclusa. No porque fracasara su viaje, sino porque descubrió que hay metas a las que se llega precisamente renunciando a llegar como habíamos previsto. Su santidad no consistió en completar un recorrido, sino en dejarse detener por el sufrimiento humano. Cuidó, enfermó cuidando y terminó entregando su propia vida. Su camino quedó inacabado según la geografía, pero alcanzó su plenitud según el Evangelio. Hay personas que llegan muy lejos sin haber recorrido demasiados kilómetros, porque han aprendido a reconocer que el verdadero destino estaba junto a ellas. 

Por eso tiene tanto sentido que hoy hagamos romería a San Roque. Caminamos desde y hacia la ermita, acompañamos una imagen, celebramos una tradición profundamente nuestra; pero el santo nos recuerda que ninguna romería cristiana termina al alcanzar un lugar. Siempre queda alguien a quien acercarse, una herida que atender, una soledad que acompañar, una puerta que abrir. Tal vez la mejor manera de honrar a San Roque sea aceptar que también nuestra romería permanezca inacabada: seguir caminando mientras haya alguien que necesite cuidado. Porque a veces llegamos a Dios precisamente cuando, por amor al hermano, decidimos detenernos.

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